El mundo religioso se expresa de distintas maneras, sobre todo a través de objetos que han adquirido un valor trascendental con el tiempo. Sus formas, colores, materiales y tamaños acompañan a quienes se acercan a ellos para entregar sus plegarias y agradecimientos. Pero un gesto de devoción, cuando desconoce la fragilidad de estas piezas, también puede poner en riesgo el patrimonio religioso.
Día a día, muchas personas visitan templos, iglesias, capillas y conventos. Se acercan a sus imágenes, las tocan y se sienten bendecidas. Pero prestemos atención: nuestras acciones pueden contribuir al deterioro de aquello que tanto valoramos.
¿Qué haremos cuando esas piezas se encuentren maltrechas, despintadas o desgastadas? No se trata solo de llamar a un especialista para que intervenga. Su conservación también requiere el compromiso de cada uno de nosotros.
Cuando tocar puede deteriorar el patrimonio religioso
Retablos maltrechos, esculturas desgastadas o cruces que se desmoronan pueden presentar problemas de conservación por distintas causas. El contacto frecuente también puede contribuir a su deterioro, aunque nos acerquemos a ellas con la mejor intención.
En nuestras manos hay sudor, grasas y residuos de los objetos que tocamos durante el día. Al entrar en contacto con una pieza, podemos transferir esas sustancias a su superficie. Sus efectos dependen del material y de su estado de conservación: no todas las piezas reaccionan de la misma manera.
En los objetos metálicos, por ejemplo, las sales, los aceites y la humedad presentes en las manos pueden contribuir a la corrosión. El Instituto Canadiense de Conservación explica estos riesgos en sus recomendaciones para el cuidado de metales.
Imaginen cuántas personas repiten el mismo gesto todos los días, minuto a minuto. Un contacto que parece insignificante puede sumarse a muchos otros y contribuir al desgaste de una pieza que deseamos conservar.
Las condiciones ambientales también importan. La humedad puede afectar los materiales, pero sus efectos dependen de los niveles, las variaciones y la sensibilidad de cada objeto. Por eso, el cuidado del patrimonio religioso requiere evaluar tanto las piezas como el entorno en el que se encuentran.
Restaurar no sustituye el cuidado preventivo
Cuando el deterioro avanza, puede ser necesaria una intervención especializada. Sin embargo, restaurar no equivale simplemente a reparar lo dañado o reemplazarlo por algo nuevo.
Tampoco sería preciso afirmar que toda intervención hace perder originalidad a una pieza. La preocupación está en conservar sus materiales y valores, evitando sustituciones innecesarias. En el ámbito de los monumentos, la Carta de Venecia de ICOMOS establece el respeto por los materiales originales como un principio de la restauración.
Cuidar antes de que el daño avance es parte de nuestra responsabilidad. Queremos que las futuras generaciones puedan disfrutar de estas obras como nosotros lo hacemos, y ese deseo debe acompañarse de atención a su fragilidad.
Contemplar también es una forma de cuidar
Por todo esto, la invitación es a contemplar las piezas sin tocarlas y a compartir esta precaución con quienes nos acompañan.
Nuestra fe puede ser profunda, pero también merece cuidado aquello que la representa. Estas obras, realizadas por carpinteros, escultores, doradores y herreros, forman parte de una memoria que podemos ayudar a conservar.
Así que mira, contempla, cierra los ojos y medita ante ellas. Deja tus plegarias y agradecimientos sin olvidar su fragilidad. Ser conscientes de lo que puede provocar un gesto aparentemente inocente también es una forma de proteger aquello que veneramos.